Agnosticismo

29-03-2016



Escrito por Kurt Bernardo Wolf

“Antes de la llegada de los misioneros, si preguntábamos ¿cómo fueron hechas estas piedras? nos decían: fueron hechas por Umvelinqangi. Porque de niños preguntábamos pensando que los viejos sabían todas las cosas del mundo; pero ahora sabemos en verdad que no lo saben. Pero no los contradecimos, porque nosotros tampoco lo sabemos [1].”

Me di valor de escribir sobre este tema después de haber leído el artículo de nuestro colega Edmundo Calva, con el título de El Lenguaje de Dios [2] en esta columna hace unas semanas. Narra la conversión del Dr. Francis S. Collins, uno de los descifradores del genoma humano, en creyente de una filosofía de evolución teísta: que un dios debió haber intervenido, de alguna manera, en crear esa maravilla de complejidad que entendemos cada vez mejor –pero aún no todo. En otras trincheras, los científicos investigan y explican parcialmente qué sucedió despues del Big Bang (la Gran Explosión del Universo a partir de un punto, hace 13.799±0.021 mil millones de años); pero saber “para qué sucedió”, en verdad no esperamos saberlo.

Hubo un tiempo en que los dioses regían el mundo. Movían el Sol y la Luna, planetas y estrellas. Ellos habrían creado el mundo (¿quién más?) y por ello debían recibir agradecimiento, pleitesía y adoración. Según se estima entre historiadores y lingüistas, fue durante el exilio babilónico (597—539aC) que se formalizó el Pentateuco y se compilaron libros de Jueces, Reyes y Profetas. El Génesis describe la historia universal reconocida por las tres grandes religiones del Occidente. De la India y el Oriente podemos leer otras en las Upanishadas, en el Kalevala del norte finlandés, además de las mitologías griega y romana, sin olvidar las prehispánicas de América. Se tomaban por ciertas porque no existía teoría mejor. Sin embargo, siempre hubo individuos escépticos, no sólo de religiones ajenas sino de la propia, que reservaban su juicio y no disentían abiertamente.

A partir del siglo dieciséis, los filósofos naturales (ahora llamados científicos) se dieron a la tarea de estudiar y explicar los movimientos de los astros, las leyes que mueven la materia y la luz, con las que reconstruyeron con cierta precisión la historia astronómica más distante, la reciente evolución natural y ahora el genoma humano. Aunque la historia de la Creación en el Génesis queda ahora en calidad de mito, una parte considerable (y respetable) de la humanidad mantiene la idea que existe un Dios, o a falta de él fuerzas naturales, quienes nos observan, entienden y juzgan, y que pueden ser influídas mediante plegarias y rituales. Me he interesado mucho en este fenómeno colectivo desde hace tiempo, aunque fuese lejano a mis actividades profesionales. Busqué recintos sagrados en Roma, Asís, Axum, Jerusalem, Meshed, Benares, Katmandú, Yangón, Bali y varios otros lugares donde la gente se reúne para adorar santidad(es) o divinidad(es). Pude haber sentido alguna vibra, pero ¿qué más? No esperaba ninguna epifanía, como la de Saulo de Tarso en camino a Damasco o la del Profeta Muhammad durante la noche de Qadr –y no la hubo.

Tengo conocidos que han transitado de ser escépticos a volverse seriamente religiosos –aunque no súbitamente, y otros que han poco a poco soslayado y después abandonado cualquier ritual de su fe. Otros casos como las sectas fundamentalistas, mileniaristas, y recientemente el Estado Islámico, que ganan (y también pierden) adeptos, llevan a preguntar ¿qué caracteriza a los creyentes? ¿qué lleva a la conversión? Por supuesto hay diferencias culturales entre élites ilustradas y pueblo ignaro, pero el fenómeno básico subsiste en todas las sociedades y en familias diversas.

Podría aventurar una hipótesis: así como en nuestros genes están distribuidas en forma aleatoria las diferencias en estatura respecto del promedio de la etnia, la inclinación homo- o heterosexual, el temperamento (sanguíneo, flemático, melancólico y colérico) y otras características que nos hacen únicos, también la tendencia a creer en personalidades superiores puede estar preparada en nuestro genoma. Podría ser parcialmente hereditaria y en ocasiones activable por algún estímulo, como los genes que predisponen a diversas dolencias en la vejez. Podrían codificar el instinto de clan que compartimos con los primates superiores, donde un macho alfa es líder. Un instinto sublimado a culto popular o noción convincente de un Dios abstracto. Tal vez sea el Relojero Ciego de Richard Dawkins [3], quien solamente creó el Universo y lo dejó bajo custodia de leyes físicas bien afinadas para seguir su camino; o tal vez Quién está siempre dentro de nosotros llevando cuenta de lo bueno y lo malo que hacemos cotidianamente; o sencillamente no existe tal.

Si me refugio en el agnosticismo (sin conocimiento) no es por ignorancia: debemos conocer suficiente de la historia, conceptos, dogmas y prácticas de las diversas religiones y cultos para entender los hitos cruciales, como el concilio de Calcedonia, la batalla de Kerbala, o la conquista de Mesoamérica, antes de intentar más que una opinión parroquial sobre el fenómeno de las religiones. Conjugarlo todo es una misión imposible. Por ello recurro a nuestro querido abuelo Albert Einstein, quien tuvo la capacidad de reducir a unos párrafos la esencia de sus conclusiones. Escribió [4]:

No puedo concebir un Dios que premia y castiga sus criaturas, o que tiene una voluntad como la que experimentamos en nosotros mismos. Tampoco puedo ni quiero concebir que individuos sobrevivan su propia muerte física; dejemos a los espíritus débiles, por miedo o absurdo egoísmo, entretener estos pensamientos. Yo estoy satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y una chispa del entendimiento de la estructura maravillosa del mundo existente, junto con el propósito devoto de comprender una porción, así sea mínima, de la Razón que se manifiesta en la naturaleza.

[1] En: Susan Feldman (Editora), African Myths and Tales (Dell Publ. Co., Nueva York, 1963).

[2] E. Calva, La Unión de Morelos 17/02/2016, p. 10.

[3] R. Dawkins, The Blind Watchmaker (El Relojero Ciego, traducción al español, Tusquets Editores, 1986).

[4] A. Einstein, Ideas and Opinions (Crown, Nueva York, 1954).

 

Fuente: La Unión de Morelos, 16 de marzo de 2016.

 


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