Cómo funciona la ciencia: controversias en ciencia, las dos caras del aceite de pescado

13-06-2016



Fernando García Carreño. Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste*

 

Los científicos generan conocimiento haciendo pruebas independientes y rigurosas de un fenómeno: experimentan, obtienen datos, los que son interpretados a la luz del conocimiento actual, es decir, los contextualizan. Esta interpretación depende de la experiencia de los investigadores, y por ello es que en la mayoría de las investigaciones sobre temas de trascendencia se apoya o se refuta a una teoría ya existente. Un tema de importancia para los humanos, debido a que somos muy inquietos y queremos conocer, es el origen de la vida. 

En los años cincuenta del siglo pasado se generó información que explicaba cómo había aparecido la vida en la Tierra. Experimentos in vitro, en el laboratorio, mostraron que si se mezcla metano, amoniaco e hidrógeno (los supuestos componentes de la atmósfera primigenia existente hace unos 4,000 millones de años y similar a la del Júpiter actual) en un recipiente cerrado al que se le aplicaban descargas eléctricas simulando rayos, al cabo de un tiempo se encontraban compuestos orgánicos con los que se construye la materia de los seres vivos; tal resultado permitió proponer esta idea como el posible origen de la vida.

Recientemente, se ha encontrado en rocas formadas en aquella época que atraparon los gases de la atmósfera dejando un registro de su composición. Ahora sabemos que la atmósfera no era reductora como se había propuesto, sino oxidante, conteniendo dióxido de carbono, CO2. Además, se descubrieron chimeneas hidrotermales alcalinas en el fondo del Atlántico; lo anterior y otras evidencias apoyan a una explicación diferente sobre el posible origen de la vida. 

Este es un ejemplo de las controversias que son comunes en la ciencia: grupos de científicos apoyando una explicación y otros la contrastante. El beneficio de estas controversias es que unos se encargan de mostrar puntos débiles de la teoría opuesta. Al final, la explicación más robusta científica se acepta como conocimiento.
 
Aquí, un ejemplo reciente de controversia científica.

Es abundante la información relacionada a los beneficios de comer pescado y hacer uso de suplementos alimenticios como aceite de pescado; si usted teclea en Google “beneficios del uso de aceite de pescado”, aparecerán millones de citas.

Una de las razones del beneficio de consumir aceite de pescado, ya sea como suplemento o más rico comiendo pescado, es que constituye una de las fuentes con mayor cantidad de aceites conocidos técnicamente como ácidos grasos omega-3, siendo los principales el ácido docosahexaenoico (DHA) y el ácido icosapentaenoico (EPA).

Existe una relación causa efecto entre el consumo regular de estos aceites y la mejora de algunos padecimientos, entre otros, ciertos tipos de cáncer. Nótese que dije mejora, no cura, esto porque toda enfermedad obedece a varias causas y, sobre todo, a la combinación de ellas. 

En el año 2000, un investigador holandés encontró por azar (en ciencia le llamamos serendipia) dos ácidos grasos, el 16:4(n-3) y el KHT, diferentes a los ya mencionados, cuya presencia correlacionó con quimo resistencia en ratones experimentales con tumores, lo que indicaba que el tratamiento para el cáncer era neutralizado por tales ácidos grasos que se encuentran en muy baja concentración en el aceite de pescado.

El investigador fue mas allá en su investigación, ahora dirigida a entender el fenómeno; encontró que en un grupo de ratones con tumor, que además fue expuesto a estos ácidos 16:4(n-3) y KHT, el régimen no surtía efecto; asimismo, indicó, por extrapolación un posible mecanismo de quimo resistencia en humanos, que usar suplementos de aceite de pescado recomendado en pacientes con cáncer tenía un posible efecto colateral negativo.

Cuando la investigación se publicó en una revista científica concluyendo que “el uso de aceite de pescado durante quimoterapia debería ser evitado” causó que la prensa mundial lo difundiera causando alarma por encabezados como “el aceite de pescado bloquea la quimoterapia”. 

Por su parte, un grupo de investigadores en Canadá respondió en otra publicación argumentando que la alarma no estaba soportada por suficiente información. En ciencia es necesario que una información se confirme por diferentes investigaciones para descartar que el resultado se deba al azar; estos académicos hicieron énfasis en que el metabolismo de ratones y humanos, si bien similar, tiene diferencias y no se puede alegremente extrapolar los estudios de laboratorio.

Investigaciones de ambas grupos continuaron publicando información apoyando sus puntos de vista contrarios. El grupo holandés dice: “solo decimos que hay riesgo de que los ácidos 16:4(n-3) y KHT en la circulación sanguínea  bloquean la quimioterapia” y que “cada quien debe balancear entre las ventajas de consumir aceite de pescado con el potencial riesgo”. Logar el balance no es fácil; los nutriólogos buscan primero la seguridad a la efectividad, por lo que son cautos. 

Las investigaciones siguen tratando de encontrar mecanismos de acción, porque sabiéndolos, es posible modificarlos incluso extraer un uso benéfico de un proceso dañino. En ese sentido, el botox, una neurotoxina y uno de los venenos más poderosos causante del botulismo, se usa con fines médicos en problemas de control de movimiento porque sabemos cómo actúa, en dónde y en qué concentración es toxica o benéfica.
 
Nuevamente, sugerimos que padecimientos como el cáncer sean tratados por médicos que hacen uso del conocimiento científico; sólo ellos pueden seguir el desarrollo de la enfermedad y saber si el tratamiento está funcionando a través de clínica y análisis clínicos que indiquen el funcionamiento del cuerpo y efectuar cambios cuando sea preciso.

Esto no ocurre si se decide tomar métodos alternativos como herbolaria, acupuntura o homeopatía y, menos, las curas mágicas. Para éstas, únicamente queda lo que el paciente sienta; no hay manera de saber la manera en que está funcionando el padecimiento; la comadre que recomendó la receta mágica no tiene la capacidad de saber cómo evoluciona la enfermedad.

Lo menos malo sería que estos tratamientos no hicieran nada, pero pueden empeorar la dolencia y, sobre todo, evitar que medicamentos probados en miles de pacientes con el mismo padecimiento por medio de ciencia sean aplicados.

La ciencia no es el mejor amigo del hombre, es su único amigo.

* El doctor Fernando Luis García Carreño es investigador del Programa de Ecología Pesquera en el Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (Cibnor) y miembro nivel III del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Correo de contacto: fgarcia@cibnor.mx.

 

Nota del editor:

Crédito de la ilustración Wikimedia.  


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