Nuevos modos de leer (¿y de leernos?)

25-03-2015



Por Gloria Serrano

Cuando su nombre aparece en el material publicitario de una conferencia, simposio o feria del libro, el resultado siempre es el mismo: lleno total. Situación que en definitiva no es casualidad ni efecto de una estrategia de mercadotecnia; el Doctor en Filosofía por las universidades de París y de La Plata, profesor de las universidades de Austin, Duke, Stanford, Barcelona, Buenos Aires y Sao Paulo, quien obtuvo la beca Guggenheim, el Premio Ensayo Casa de las Américas en reconocimiento a Culturas populares en el capitalismo, el Book Award de la Asociación de Estudios Latinoamericanos por el reconocido libro Culturas híbridas y el Premio Nacional de Ciencias y Artes (México 2014), es hoy en día un referente en el estudio de las industrias culturales en el entorno digital.

Me refiero al investigador argentino, Néstor García Canclini, quien se presentó el día de ayer en la Feria Internacional de la Lectura en Yucatán (FILEY 2015), para hablar de su más reciente investigación Nuevos modos de leer, a través de la cual se da un gran salto en el abordaje de este tema: pasar de contabilizar la cantidad de libros que la población lee para, en su lugar, avanzar en la comprensión de los hábitos lectores de las sociedades del siglo XXI; es decir, en el cómo leemos. Todo un trabajo etnográfico realizado en México durante los dos últimos años, que de paso despeja las dudas de preocupados editores y libreros respecto al futuro del libro. Al respecto, García Canclini nos dice que hay dos caminos para saberlo:

»El primero es el histórico, saber lo que ha pasado antes. La historia nos muestra que cada vez que algo aparece representa una amenaza; cuando apareció la televisión se pensó que la radio dejaría de existir y lo mismo sucedió con la llegada del cine. Sin embargo, la realidad es que, por lo general, lo nuevo coexiste con lo anterior y en el lapso va modificando lo que llamamos la ecología de la comunicación o los modos de comunicación social. Por ejemplo, la frase »necesito cambiar de cassette«, tan coloquial en otros tiempos, ahora ha dejado prácticamente de utilizarse. El segundo camino es analizar las encuestas de lectura. En México, las más recientes son las aplicadas en 2006 y 2012, que indican una lectura promedio de 2.9 libros al año por habitante y un aumento del 24 al 43 por ciento en el uso de Internet«.

Con la serenidad que otorga el conocimiento, García Canclini explica que el principal vacío en las encuestas de consumo cultural, y en particular sobre hábitos de lectura, está en considerar únicamente los libros leídos en papel, dejando de lado todos los demás textos que a diario se leen en formatos digitales; aspecto que modifica sustancialmente los resultados, si se considera que los jóvenes nacidos a partir de la década de 1980 combinan la lectura tradicional (libro impreso), con aquella que se realiza en las pantallas de diversos dispositivos móviles. En Estados Unidos, país con la mayor industria visual del mundo, el 19 por ciento de sus habitantes posee un e-book o una tableta y el promedio de libros leídos en formato digital es de 24 contra 12 en papel. Pero más allá de la numeralia, este sencillo y sonriente estudioso de las relaciones entre estética, arte, antropología, estrategias creativas y redes culturales de los jóvenes, comenta ahora la importancia de analizar la forma en que la transición del mundo análogo al digital está condicionando las prácticas de lectura, así como el grado de literacia de cada individuo, esto es su capacidad de identificar, localizar, evaluar y utilizar la información.

Actualmente – comenta Canclini- »la lectura ha dejado de ser un proceso largo, lineal y completo para convertirse en otro breve, fragmentado e inconcluso. Los lectores actuales realizan múltiples tareas a la vez: chatean, escuchan música en Youtube y tienen abiertas 17 ventanas y 3 libros, todo vía el Internet, lo que implica necesariamente la adquisición de nuevas competencias lectoras para seleccionar e interpretar la información haciendo uso de iconos, barras de menús y búsquedas por navegadores«. Y continúa: «Hay profesiones en las que se lee más que en otras. Por ejemplo, los jóvenes dedicados a actividades creativas, a menudo trabajan por proyectos y seleccionan sus lecturas a partir ello«. Los resultados de la exploración que García Canclini encabeza junto con un grupo de investigadores mexicanos, muestran que ahora se lee tanto información de autor (libros, periódicos, investigaciones) como contenidos modificables (mensajes en redes sociales, blogs, foros de discusión) que en ocasiones los propios consumidores también producen. De igual forma, ponen en evidencia que las nuevas tecnologías (computadora, Internet, celular) están desplazando los espacios tradicionales para la lectura como las bibliotecas y modificando el tiempo destinado al acto de leer. Es un hecho, vivimos un momento en el que resulta difícil separar las horas diarias empleadas al ocio de las consagradas al estudio o el trabajo y en todas ellas está presente la lectura de diversos materiales. Nuestra forma de organizar la lectura también ha cambiado. Ahora somos lectores de «muchos principios y pocos finales», interrumpimos la lectura de un texto académico para ver un video o escuchar un audio y en el trayecto nos topamos con una entrevista sobre el mismo tema para, finalmente, regresar al documento inicial.

La sociabilidad de la lectura es otro elemento que forma parte de este análisis. Esas interacciones, comportamientos individuales y consumos masivos en torno al libro, ya sea digital o en papel, cuyo caso más representativo lo encontramos precisamente en las ferias del libro y la lectura, como la reconocida Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) que año con año aumenta el número de asistentes. Pero, ¿exactamente a qué asistimos a un evento de este tipo? La respuesta es clara, a ser partícipes de lo que vive una sociedad, la nuestra. Conocer a escritores renombrados y subir a las redes sociales la respectiva selfie que así lo demuestre, es parte del fenómeno. Obviamente, también se asiste para adquirir libros a un menor costo o que no cuentan con versión digital. A este modo de generar vínculos habría que agregar los clubes de lectura y otras actividades informales que sin duda también estimulan el hábito.

Entonces, ¿qué y cómo leemos? A manera de síntesis se puede decir que nos encontramos ante un proceso de recomposición cultural a nivel global del que, es evidente, México forma parte y en el que ya no es posible concebir la palabra y la imagen, lo impreso y lo digital, como ámbitos separados. Tampoco centrar el debate sobre las prácticas de lectura en el porcentaje de libros leídos por año. Si bien los índices de lectura no han disminuido con relación a periodos anteriores, lo que sí ha cambiado es el lugar y la forma en que se lee. En esta fase del devenir de la humanidad, nos encontramos ante una diversificación de los modos de leer que incluye nuevas narrativas y una multiplicidad de factores que favorecen o limitan la formación lectora de cada persona, así como el incremento o la disminución del número de lectores.

Investigaciones como la presentada, adquieren gran relevancia para la implementación de políticas públicas culturales acordes a la realidad presente que verdaderamente reconcilien a los lectores con los libros y, quizás lo más importante, que permitan la formación de lectores capaces no solo de obtener información sino de comprender lo leído. En esto García Canclini es contundente: »en la era digital se lee más variado y conviven diversas formas legítimas de leer. No obstante, es necesario resaltar que ninguna tecnología garantiza per se el aprovechamiento de una lectura«. Para complementar esta última reflexión, es útil citar el artículo Vida sin cultura publicado en el diario español El País (6 de marzo), en el que su autor, Rafael Ergullol menciona: «El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Él abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura».

Coincidentemente, en el texto Leer ya no es lo que era, publicado como parte del documento Encuesta Nacional de Lectura. Informes y Evaluaciones, Conaculta, México 2006,  García Canclini apunta lo siguiente:

 « […] ¿no hay algo que se pierde irreparablemente cuando se desconoce la información razonada de los periódicos y se prefieren los clips rápidos de los noticieros televisivos, cuando los libros son reemplazados por la consulta fragmentaria en Internet? ¿No ofrecen los libros una experiencia más densa de la historia, de la complejidad del mundo o de los relatos ficcionales que la espectacularidad audiovisual o la abundancia fugaz de la informática? ¿Qué queda en las interconexiones digitales, en la escritura atropellada de los chateos, de lo que la lengua sólo puede expresar en la lenta elaboración de los libros y la apropiación paciente de sus lectores? Soy de los que piensan que hay que preservar y seguir cultivando lo que los libros representan como soportes y vías de elaboración de la densidad simbólica, la argumentación y la cultura democrática. Pero no veo por qué idealizar, en abstracto, generalizadamente, a todos si al preguntar a los lectores sobre su libro favorito 40% no sabe cuál es y entre los mencionados sobresalen Juventud en éxtasis y El código da Vinci».

Para poder cimentar su historia, México o cualquier país, debe aspirar a ser una nación de lectores, como Finlandia, donde sus ciudadanos leen en promedio 47 libros al año. Pero no solo eso. En realidad lo que Néstor García Canclini nos propone, es dinamizar las políticas públicas a partir de un mayor y más profundo conocimiento de las prácticas culturales, a fin de apreciarlas en su justa dimensión y hacer más grueso el innegable lazo que existe entre lectura y educación. Más allá de si se leen libros impresos o digitales, a todos debería preocuparnos que las nuevas generaciones comprendan –por ejemplo-  por qué Luis Cernuda llamó »la sal de nuestro mundo« a los poetas. A todos debería preocuparnos que las nuevas generaciones sepan quién fue Luis  Cernuda, quién fue Picasso o quien es William Kentridge, quien por cierto, ahora que se encuentra por primera vez de visita en México, nos invita a no olvidar lo mucho que necesitamos «construir un sentido de quiénes somos». Algo que también, a todos, debería preocuparnos.

@gloriaserranos

(Fotografía: Gabriel Pliego)

Fuente: Entretanto Magazine. 13 de marzo de 2015.

 


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