Daniel Malacara Hernández, referencia en materia de óptica en el mundo

08-07-2015



Por Ana Luisa Guerrero

México, DF. 6 de julio de 2015 (Agencia Informativa Conacyt).- La fortuna puede llegar una sola vez en la vida, pero para Daniel Malacara Hernández esta lo ha acompañado de manera constante a lo largo de su camino. El primer mexicano doctorado en Óptica se considera afortunado en todos los aspectos: se ha dedicado por más de cuatro décadas a la disciplina que lo apasiona, cuenta con una familia leal y a su paso ha encontrado gente extraordinaria que siempre le ha dado su apoyo.

A sus 78 años consagra su tiempo y esfuerzo a la investigación. A diario es de los primeros en llegar al Centro de Investigaciones en Óptica (CIO) y se apuesta en el laboratorio para seguir con su pasión incansable.

Pionero en el estudio de la luz en México, Malacara Hernández es un referente internacional en esta área y aun así no pierde la humildad al hablar de sus aportaciones, que le han valido reconocimientos de alta envergadura dentro y fuera del país.

El fundador del CIO y copartícipe de la creación del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE), ambos del Sistema de Centros Públicos de Investigación del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt), es físico de profesión por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y miembro emérito del Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Como línea de investigación tiene la instrumentación de la óptica tanto en el diseño, pruebas y fabricación, así como en la interferometría, que es la técnica utilizada en astronomía que combina la luz proveniente de diferentes receptores, telescopios o antenas de radio para obtener una imagen de mayor resolución.

Generoso, comparte en entrevista con la Agencia Informativa Conacyt extractos de su vida profesional y su visión sobre la óptica alrededor del mundo, la cual considera una ciencia viva y semillero de gran parte de la actual investigación; ejemplo de ello es que en las últimas décadas se ha entregado el Premio Nobel a trabajos de física o medicina en el campo de la óptica. A ello se suma que este 2015 se celebra el Año Internacional de la Luz, que pone en la mira las innumerables aplicaciones de esta en la vida cotidiana.

Los inicios

Daniel Malacara Hernández nació en León, Guanajuato, en 1937. Desde joven destacó en sus estudios y se aficionó por la astronomía; en secundaria construyó pequeños telescopios por inspiración de Armando López Valdivia, con los cuales vio por primera vez un planeta: Saturno, y se convirtió en un observador aficionado de las estrellas. Su sueño era ser astrónomo.

La preparatoria la cursó en el Instituto Lux, en donde tuvo como profesor al físico Carlos Hernández Prieto, quien lo orientó a estudiar en la UNAM. Ahí también conoció al joven José Castro Villicaña, su amigo de toda la vida y compañero de profesión; quien ahora lo recuerda de talante serio y siempre con el deseo de destacar en los estudios.

Corría el año de 1955 y ambos jóvenes entablaron una buena amistad, a pesar de que tuvo un inicio con roces, relata su amigo.

“Yo soy de Morelia y llegué a León a hacer preparatoria; venía de otro colegio y en aquel entonces mi preparación era mejor que la de él. Al llegar a las primeras clases de matemáticas, el maestro preguntaba de ecuaciones y yo las sabía y él no. Eso causó en un principio cierta sorpresa en Daniel porque siempre era el número uno en la clase, y el hecho de que alguien le ganara lo hizo sentirse mal o raro. Pero fue por poco tiempo, porque nos pusimos al nivel y Daniel volvió a ser el líder”, recuerda Castro Villicaña en entrevista.

Concluidos los estudios preparatorianos, Daniel Malacara se matriculó en la carrera de física en la UNAM y José Castro en el área de ingeniería. En esa época ambos dedicaban su tiempo al estudio y a conocer el Distrito Federal; invertían sus ratos libres en visitar museos o dar paseos por Chapultepec, en tanto que practicaban tenis o natación.

El joven Malacara tuvo la fortuna de ser instruido por grandes profesores como los doctores Marcos Moshinsky y Arcadio Poveda Ricalde, este último el responsable de influir en él para dedicarse a la óptica y no a la astronomía.

“Cuando me fui a estudiar al Distrito Federal en la UNAM mi ambición era ser astrónomo; al concluir mis estudios le pedí al doctor Poveda que dirigiera mi tesis y me convenció de que mi vocación era la óptica más que la astronomía. Recuerdo que me dijo: ‘creo que lo harías mejor en esa área; yo te contacto con las personas adecuadas para que te guíen’”, cuenta Malacara.

Travesías

La admiración que sentía por Poveda Ricalde, el astrónomo mexicano que desarrolló un método para calcular la masa de las galaxias elípticas, hizo que aceptara el ofrecimiento y gracias al apoyo del doctor Guillermo Haro, entonces director del Instituto de Astronomía de la UNAM, se fue a trabajar al Observatorio Nacional de Kitt Peak en Tucson, Arizona, con el doctor Aden B. Meinel, con quien comenzó a construir telescopios de cuatro metros, cuando los que se hacían en México eran de hasta 30 centímetros.

Las travesías del doctor Malacara apenas comenzaban. Con la experiencia adquirida en Arizona, volvió a su patria para presentar su examen profesional. Por inspiración del doctor Meinel y una vez más por Arcadio Poveda, decidió estudiar el doctorado en la Universidad de Rochester, en Nueva York, donde fue instruido por grandes maestros como los doctores Robert Hopkins y Emil Wolf.

“Soy un hombre afortunado porque en Rochester encontré un apoyo increíble de muchos de mis maestros; tuve maestros como el doctor Robert que me apoyaron muchísimo y me hicieron amar todavía más este campo”, reconoce.

En su segundo regreso a nuestro país, el doctor Malacara tuvo la encomienda de Poveda y Haro de equipar el laboratorio del Instituto de Astronomía con más y mejores telescopios, al tiempo de formar estudiantes. Pero otra vez se enfrentó a una nueva aventura, ahora en el Case Institute of Technology en Cleveland, Ohio, donde aprendió a construir láseres y hologramas.

La fortuna seguía de su lado y cuando se fundó el INAOE, Guillermo Haro lo invitó a instaurar ahí, en Tonantzintla, Puebla, un gran laboratorio. De nuevo, se lanzó a esta encomienda donde el mayor reto fue construir un telescopio con un espejo de 2.10 metros de diámetro para instalarlo en el observatorio. Dicho instrumento sigue siendo el más grande construido en Latinoamérica y todavía está en operación en el observatorio de Cananea, en Sonora.

El doctor Malacara recuerda esa época como los “años maravillosos” de su vida, porque fue su etapa más productiva en el número de trabajos publicados en revistas internacionales, y también en afianzar su familia.

Fundación del CIO

Una vez más, la vida le depararía nuevos horizontes, ahora en su natal León. Su colega y amigo Arcadio Poveda lo invitó a crear una institución dedicada en su totalidad al estudio de la óptica.

“Esto a mí me entusiasmaba muchísimo porque siempre soñé con que hubiera en México un centro dedicado 100 por ciento a la investigación en óptica, y consideré que era la oportunidad”, refiere.

El nuevo andar lo regresó a su alma mater a delinear el proyecto. Fue así que en 1980, a iniciativa de la UNAM y con el respaldo de su entonces rector, el doctor Guillermo Soberón, se estableció el CIO.

“El rector me dijo que quería apoyar la creación de este centro pero que la condición que ponía era que tenía que ser fuera del Distrito Federal, por la tendencia a descentralizar la ciencia. Yo seguía teniéndole amor a la tierra donde nací, y le propuse la ciudad de León; él lo que pedía era que las autoridades nos recibieran bien y lo demostraran dando apoyos”, recuerda.

La suerte acompañó la nueva empresa de Daniel Malacara, pues en esa época era gobernador de Guanajuato Luis H. Ducoing, y presidente municipal Roberto Plascencia, ambos excompañeros suyos del Instituto Lux.

“Eran muy amigos míos, recurrí a ellos y les propuse que nos apoyaran para crear el centro; su respuesta fue muy positiva. Se entusiasmaron y nos apoyaron con la donación del terreno y construyeron dos edificios para los laboratorios y oficinas”, narra.

Las gestiones tomaron algún tiempo y se renovó la gubernatura con Felipe Velasco Ibarra, quien resultó ser amigo del rector Soberón y se comprometió con el proyecto al firmar el convenio para la creación del CIO, además de que cumplió lo prometido con su antecesor y amplió el respaldo.

“Así nos venimos a León, en 1980, un grupo de cuatro investigadores y rápidamente fueron llegando otros. En el primer año llegaron cinco más, algunos del extranjero que habíamos invitado. Estuvimos en un local rentado porque no teníamos nada al empezar, y dos años después nos cambiamos al terreno donde estamos ahora”, señala.

De 1980 a 1989 fue su director. A lo largo de 35 años, el CIO ha crecido: ahora suma 60 investigadores, todos especializados en alguna rama de la óptica y miembros del SNI.

“Soy un hombre con suerte, recibí apoyos de muchas personas, una gran ayuda del doctor Poveda, el astrónomo que me apoyó, amigo y maestro. Un gran apoyo del rector de la UNAM, de las autoridades locales y, sobre todo, de mis colegas que los invité a venir a esta aventura, a un lugar que apenas empezaba y hubo bastantes amigos, incluso en el extranjero, que se vinieron. Con esta fortuna fue todo más fácil”, celebra.

Referente de la óptica en México

Daniel Malacara es un referente en el estudio de la luz, al ser el primer mexicano doctorado en óptica. “Tuve la fortuna de ser el primero; más bien, tuve la desgracia. No había nadie preparado en el país y fui el primero en estudiarla. Cuando eres eso, el campo está virgen y es una fortuna porque puede uno hacer cosas, pero es una desgracia porque estamos en cero”, reflexiona.

Al hacer una retrospectiva de estos 44 años de carrera, apunta que la situación es diferente. México cuenta con 300 especialistas de alto nivel en óptica, aproximadamente, repartidos en el CIO, el INAOE, el Centro de Investigación Científica y de Educación Superior de Ensenada (CICESE) e instituciones de alta envergadura como la UNAM, el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y la Universidad Autónoma Metropolita (UAM), entre otras.

No obstante, ello no significa que todo sea halagador. Refiere que comparado con otros países estas cifras son tristes; pues en Estados Unidos hay más de 10 mil investigadores, lo que hace ver que en México “nos falta mucho, mucho por avanzar”. Y aunque reconoce que no se recuperará ese camino, incita a seguir avanzando porque las condiciones están dadas.

Amistad para toda la vida

A lo largo de su camino, Daniel Malacara ha logrado forjar amistades de por vida. Uno de los que ha visto esos lazos indestructibles es José Castro Villicaña, quien lo reconoce como un hombre incansable, que gracias a su esfuerzo y tenacidad siempre ha logrado lo que se propone.

Desde sus inicios en el Instituto Lux, la vida se encargó de enlazar sus destinos; los guió de la mano en sus estudios en la UNAM y a desempeñarse profesionalmente en el Instituto de Astronomía; vivir la aventura de instaurar el CIO y seguir manteniendo la amistad a pesar de los años.

Castro Villicaña recuerda que cuando Malacara trabajaba en el Instituto de Astronomía, “yo iba a ayudarle como amigo, pero el director (Guillermo Haro) me empezó a ver mucho y me ofreció trabajo ahí, y fue como nos relacionamos más profesionalmente hablando. Siempre se lo he dicho: tú eres el cerebro y yo soy las manos”.

Ahí trabajaban juntos en la fabricación de componentes ópticos de alta precisión: Daniel Malacara desarrollaba teóricamente los productos y José Castro los llevaba a la práctica en los talleres; fue así que en esos inicios “hicimos un espejo para un telescopio que está en Ensenada, Baja California, en el observatorio de la UNAM, que fue el primer espejo de 80 centímetros de diámetro. En el grupo también hicimos el primer láser que se fabricó en México, un instrumento incipiente que posteriormente se fue perfeccionando para la alineación de las vías del Metro de la Ciudad de México”, relata.

En este caminar también fueron cómplices en los primeros pasos del INAOE y pronto llegó la fundación del CIO, en donde su amigo Malacara Hernández lo nombró director del área de Desarrollo Tecnológico. 

Durante 19 años trabajaron al unísono, hasta que Castro Villicaña dejó el CIO para crear su propia empresa llamada Tecnología Óptica Aplicada. Sin embargo, la amistad perdura hasta nuestros días avivada por los vínculos que entre familias se crearon.

“Nos reuníamos frecuentemente, ya fuera en su casa o la mía. Además, tenemos un tercer amigo de bastante tiempo, el ingeniero Juan Guillermo Carmona, quien está actualmente en Querétaro. Hay una muy buena amistad entre los tres”, sostiene y resalta que el destino los hizo coincidir hasta en nacer en el mismo mes.

“Mi padre, colega y amigo”

La familia ha sido el cimiento de la carrera de Daniel Malacara. Sin el respaldo y comprensión de su compañera y esposa María Isabel Doblado habría sido difícil seguir una trayectoria tan exitosa. Ella se encargó de educar a sus cuatro hijos, Celia María, Juan Manuel, Daniel y Miguel Ángel, licenciada en comunicación con maestría en educación, ingeniero en electrónica, doctor en óptica, ingeniero industrial y optometrista, respectivamente, en las travesías que emprendían.

Ejemplo de esta fructífera labor es Daniel Malacara Doblado, el hijo que siguió los pasos del precursor de la óptica mexicana; quien generoso comparte con la Agencia Informativa Conacyt la admiración y respeto que siente por su padre.

“Humanamente, mi papá es mi colega y mi mejor amigo. Todos mis problemas que tengo se los platico y él me da consejos”, confiesa.

A diario, padre e hijo llegan juntos al CIO; “paso por mi papá en las mañanas para venirnos a trabajar, y para mí es un gusto ir por él porque en el camino platicamos sobre los artículos que hacemos juntos o sobre proyectos en los que colaboramos; para mí es más que mi papá, es un amigo”, refiere.

Y aunque no trabajan las mismas líneas de investigación, en algunos rubros siguen publicando juntos; de él aprendió el gusto por la física y la óptica, fue quien lo instruyó en el conocimiento y en darle el estudio.

Recuerda una infancia feliz con un padre que los educó con base en el diálogo y en darle valor a las cosas. A la mente se le viene la ocasión en que el doctor Malacara dio a sus hijos una gran lección.

“Cuando empezaron a salir las antenas parabólicas le pedimos a mi papá que nos comprara una para ver los canales de Estados Unidos. Nos dijo que no nos la compraría, sino que nosotros deberíamos construirla. Adquirió solo el receptor y consiguió a una persona que nos ayudara a construirla de fibra de vidrio, que medía como dos metros de diámetro. Ahí estuvimos mis hermanos y yo haciéndola; yo creo que salió más caro hacerla que comprarla, pero él lo que quería es que nosotros aprendiéramos y supiéramos valorar las cosas y el que tener algo cuesta trabajo”, narra.

Malacara Doblado hace eco en la memoria para recordar que en una ocasión quiso acompañar a su padre a Los Álamos, Estados Unidos, y este lo incitó a obtener el dinero para viajar. Fue así que lo puso a construir un telescopio newtoniano, el cual vendió para comprar el boleto del avión.

La vida ha sido buena con ellos. Sin embargo, hubo momentos difíciles que impactan más cuando se es niño. Malacara hijo evoca la época de la fundación del CIO cuando la familia se asentó en León, a pesar de que el padre debía estar en la Ciudad de México elaborando el proyecto.

“Vivíamos en Puebla y hubo la oportunidad de que se fundara el CIO, y fue un cambio duro para mis hermanos y mi mamá venirnos a esta ciudad. Ya que se había autorizado la fundación pero le avisan a mi papá que se iba a retrasar la construcción, y ese año fue muy difícil para todos porque él se iba los lunes muy temprano a México y regresaba los viernes en la noche. En toda la semana no lo veíamos”, lamenta.

En esa y en otras épocas, dice, el soporte de su madre, María Isabel Doblado, fue fundamental para toda la familia.

Para el vástago que siguió sus pasos más de cerca, Daniel Malacara Hernández es un hombre humilde y tenaz; considera que el mayor reconocimiento que puede tener es que la gente así lo vea.

Lo caracteriza, asegura, ese espíritu trabajador que ve la luz día a día. “Nosotros nos venimos a las siete de la mañana, y a veces le hablo a las diez de la noche y sigue trabajando. Los domingos son iguales, si se le mete una idea no la suelta hasta que encuentra el por qué, es muy perseverante”, añade.

Su padre es su modelo a seguir, y ese orgullo que le profesa lo motiva a seguir pues espera lograr al menos la mitad de lo que él ha alcanzado.

Ganarle tiempo al tiempo

Las palabras del doctor Daniel Malacara Hernández son firmes, está decidido a seguir en esta profesión de la que nunca se ha decepcionado. Solo quisiera ganarle tiempo al tiempo o incluso, como él dice, tener dos vidas para seguir descubriendo cosas más interesantes.

Con humildad, reconoce que su nombre figura en la historia del país pero asegura que a pesar de que su trabajo ha sido importante podría ser olvidado en un tiempo.

“Muere uno y ya nadie se acuerda de ese trabajo, o tal vez no, pero eso ya no me tocará verlo. Mientras tanto, lo que me importa es que me gusta hacer mi trabajo, para mí es un placer llevarlo a cabo. Ahorita ya no soy un jovencito y sigo trabajando de tiempo completo, mientras me deje la salud pienso seguir en esto”, agrega.

Actualmente, el científico labora en la instrumentación de un laboratorio nacional de óptica para la visión en el CIO, un trabajo que planteó al Conacyt y que fue aprobado para recibir fondos. El proyecto pretende aplicar los conocimientos ópticos al estudio del ojo humano, combinándolos con el saber de la medicina.

Porque el trabajo es el motor de vida que lo sigue impulsando, Daniel Malacara Hernández reconoce que la suerte está de su lado al permitirle seguir en este camino.

“Soy un hombre afortunado en todos los sentidos, porque tuve la oportunidad de hacer lo que me gusta, lo que me ha traído satisfacciones, y porque he tenido el apoyo de maestros, de amigos y de mi familia, ¿qué más puedo desear?”, concluye.

Fuente: Agencia Informativa Conacyt, 6 de julio de 2015. 


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