Ni músico ni pintor ni torero, solo un gran científico

03-09-2015



Por Nistela Villaseñor

México, DF. 31 de agosto de 2015 (Agencia Informativa Conacyt).- “Soy melómano desde que nací, en mi casa se oía solo música clásica. No tengo televisión, no tengo radio, lo que sí tengo es música, y mucha”, afirma Ruy Pérez Tamayo.

El médico patólogo e inmunólogo, pilar del quehacer y la divulgación científica en México, nació en Tampico, Tamaulipas, el 8 de noviembre de 1924. Fundó en 1954 el Hospital General de México y la Unidad de Patología de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Actualmente es profesor emérito y jefe del Departamento de Medicina Experimental de la Facultad de Medicina. Entre sus múltiples reconocimientos ha recibido el Premio Nacional de Ciencias y Artes 1974 y el Premio Nacional de Historia y Filosofía de la Medicina en 1995.

Quienes conocen un poco de la vida de Pérez Tamayo saben que si hubiera dependido de él, hoy sería un gran músico. Afortunadamente —o desafortunadamente para el mundo del arte—, los padres de este científico mexicano se opusieron a que él y sus hermanos eligieran esa profesión.

El padre de Pérez Tamayo era músico egresado del conservatorio de Mérida, Yucatán. Su vida profesional se fue transformando —para incrementar sus ingresos— de violinista y director de orquesta, a anunciador y creador de programas radiofónicos en las estaciones XEB y XEW, hasta que dejó el arte.

“Queríamos ser músicos como nuestro padre, pero él no quiso, ni mi madre. Decían que les había ido muy duro en la vida y que preferían que nosotros tuviéramos otra profesión. Y la que escogieron para nosotros fue la medicina”, rememora el doctor.

Pérez Tamayo es investigador emérito del Sistema Nacional de Investigadores (SNI) del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). El día de la entrevista para la Agencia Informativa Conacyt se encuentra “trabajando como siempre”, enfundado en una impecable bata blanca frente a una computadora.

El doctor Pérez Tamayo comparte que gracias a la admiración y confianza que siempre tuvo a su hermano mayor, así como al médico de la familia que lo recibió al nacer y que fue gran amigo de su padre, decidió estudiar medicina y abandonó la idea de ser músico.

“Yo no tenía vocación para la medicina; no la conocía. Cuando me empecé a enterar de lo que era me pareció fantástica, la mejor profesión del mundo, y así lo he seguido pensando toda mi vida”, afirma el doctor.

De admiración en admiración, al gran amor de su vida

El experto en patología e inmunología comenta que siempre siguió los consejos de su hermano mayor; por tal motivo conoció al doctor Isaac Costero Tudanca, un español transterrado, miembro de la Escuela Histológica de Cajal. “Era un profesor maravilloso, extraordinario; zaragozano, pero parecía andaluz por su simpatía”.

Pérez Tamayo admiró al doctor Costero por su capacidad de trabajo y honestidad con su profesión. “Yo aprendí con él. Estuve los últimos cuatro años de mi carrera trabajando en su laboratorio, después conseguí una beca para irme a Estados Unidos. Trabajé dos años allá completando mi educación, y cuando regresé había aprendido otras cosas; eso me separó de la carrera de él”.

Otra de las personalidades que formó parte esencial en la vida y desarrollo profesional de Pérez Tamayo fue el yucateco Raúl Hernández Peón. Recuerda con entusiasmo la noche en que su compañero de estudios lo invitó al pequeño laboratorio de investigación fisiológica que el padre le había montado en el sótano de su casa en la colonia Roma.

“Tomaba un gato, lo anestesiaba, lo ataba a una pequeña mesita de disecciones, lo operaba, le ponía unos electrodos, le registraba la presión arterial, la respiración, el ritmo cardiaco; todo esto lo medía en un quimógrafo. Aquello era fantástico, extraordinario. Me quedé fascinado la primera noche, y después le pedí que me siguiera invitando, y pronto, muy pronto, yo ya quería ser fisiólogo”, rememora el investigador.

El doctor evoca también a quien fue su gran compañera de vida, Irmgard Montfort Happel, su esposa durante 58 años y madre de sus tres hijos. “Me conquistó su equilibrio cultural. Tocaba un poco el piano, leía extensamente, hablaba cuatro idiomas. Era una persona muy educada, muy distinguida como científica, sobresaliente; una excelente madre y una magnífica esposa. Completamente otra cosa”, dice Pérez Tamayo.

Irmgard Montfort fue compañera de generación del doctor Pérez Tamayo. “Empezamos a salir juntos cuando estábamos en cuarto año. Ella siempre se mantuvo y dijo: “Tengo el compromiso de hacerme médico. Primero voy a hacer medicina y después, si quieres, nos casamos”. Quince días después de que yo me recibí —porque ella se había recibido antes—, nos casamos”, señala.

Irmgard y Ruy fueron inseparables: trabajaron en objetivos comunes y publicaron cerca de 60 artículos y un par de libros juntos. Incluso él destaca que durante los últimos 15 años, antes de la partida de su esposa, ellos viajaron cada año a Alemania en Semana Santa para disfrutar la ópera en la ciudad de Berlín. “Una parte de nuestra vida que fue extraordinariamente productiva”.

Entre acuarelas, jeringas y latas de atún a ritmo de Bach

También es un gran aficionado a la pintura, dice Pérez Tamayo, y afirma que durante una época —antes de aventurarse en el mundo de la medicina— ganó “algunos centavos haciendo dibujos de las corridas de toros” que se publicaban en el diario deportivo Esto, por los que recibía 15 pesos y el boleto para entrar a la siguiente corrida.

Quiso también ser torero y cuando era muy joven tomó clases. “En una de esas me dieron un raspón. Llegué a la casa lleno de sangre y mi madre dijo: 'Se acabó'. Pero aprendí a dibujar también. Mi hermano y yo éramos buenos dibujantes. Mi padre consiguió a un amigo de él para que nos diera clases. Durante un año fuimos dos veces por semana a la casa de Juanito Villanueva a que nos enseñara a dibujar; llegamos hasta acuarela”, narra Pérez Tamayo.

Cuando comenzó sus estudios de medicina, su tiempo empezó a ser ocupado por otras actividades y dejó de dibujar y asistir a las corridas. Aprendió primeros auxilios y a poner inyecciones. “Puse un letrero en donde yo vivía: 'Se aplica toda clase de inyecciones: un peso'. Me sirvió para continuar mi carrera”, afirma el doctor.

Pérez Tamayo y José María Zubirán, otro de sus grandes amigos, fueron por espacio de seis meses y con el consentimiento del doctor Salvador Zubirán —tío de “Chema”— al pabellón nueve del entonces Instituto Nacional de la Nutrición a aprender a inyectar, vendar, poner férulas, curar enfermos operados y hacer punciones de tórax, entre otras técnicas.

La primera lección para los novatos consistió en aprender a hervir agujas y jeringas de cristal; después, aspirar la sustancia que iban a inyectar; y, por último, inyectarla en naranjas y teleras. “Jovita, un ángel ella, nos dijo: 'Tienen que enseñarse a clavar en distintos tipos de resistencia, porque las nalgas de los pacientes son muy diferentes' ”, menciona riendo el doctor.

Con la partida de su padre, Pérez Tamayo decidió independizarse para no ser una carga para su madre, y fue a vivir con el húngaro Franz von Lichtenberg, a quien conoció cuando empezó a trabajar con el doctor Costero. Siendo aún estudiantes, Franz y Ruy fueron becados al mismo tiempo y rentaron un departamento en la calle Tokio número 10. “No teníamos más que un sleeping bag para dormir. Pero necesitábamos música, no podíamos vivir sin música”.

Juntaron dinero prestado y compraron un tocadiscos y un álbum de discos. Ambos escogieron la misma producción discográfica. Regresaron en un camión lleno de gente. Los discos de Ruy se rompieron cuando por un empujón pegó contra un tubo. “La copia de Franz llegó inerme. Nos sentamos a comer una lata de atún y a oír el concierto para cuatro clavecines y orquesta de Johann Sebastian Bach”, platica entre leves carcajadas.

La musa inspiradora

Como buen melómano, el doctor Pérez Tamayo escucha música clásica continuamente no solo por placer sino para generar pensamiento científico. Tiene tres compositores favoritos: Johann Sebastian Bach, Serguéi Rajmáninov y Richard Wagner.

“Con Roberto (Kretchmer) aprendí a escuchar a Wagner y me hice wagneriano. Roberto, así como era cultísimo, también era wagneriano”, menciona el investigador.

“Cuando cierro la puerta y estoy muy concentrado, estoy oyendo música. Tengo música en la computadora para una semana, y en la casa igual. De manera que para mí la música ha sido también una actividad de gran intensidad y gran dedicación”.

Ruy Pérez Tamayo, hombre de ciencia, padre, abuelo y bisabuelo, comparte que de lunes a viernes trabaja con estricta disciplina en proyectos científicos, pero “el fin de semana tengo dos días enteros y son mis fiestas. Escuchar buena música y leer un buen libro me hace feliz”, concluye el doctor.

Fuente: Agencia Informativa Conacyt, 31 de agosto de 2015.

 


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